Relato corto de ciencia-ficción
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| Foto: Erez Attias |
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Este relato comienza un
amanecer lluvioso en Barcelona, cuando Ana bajó al metro como cada mañana para
ir a trabajar, esperando verle de nuevo en el tren. Hacía dos semanas que le
había visto por primera vez, sintiendo como si le conociese de antes. Cuando
subió al tren, le buscó con la mirada, encendida de esperanza. Él era su único
aliciente. Al verle, todo su ser vibró. Aquel chico alto, moreno, de ojos
azules que veía cada mañana, la miró con una tímida sonrisa tras su libro de
filosofía. Para él, ella era la chica de los ojos tristes. Como cada día, Ana,
sentada frente a él, anhelaba que él se decidiese a romper el hielo, pero aquel
chico tan guapo solo la miraba y sonreía. De pronto, un oscuro pensamiento invadió
el corazón de la joven. Quizá él tuviese novia. Su inseguridad hizo que se
desmoralizara. ¡Pero la única cosa buena de su vida era verle cada día! Sin
embargo, ¿y si aquella era la última vez que lo veía? “¡Qué demonios!”, pensó.
“Ahora o nunca”.